Ø Del concepto de «espacio» a la idea de «ambiente de aprendizaje»
Existen múltiples definiciones del término «espacio» según
los distintos profesionales que se han ocupado de su conceptualización. En su
acepción más común dicho término significa «extensión indefinida, medio sin
límites que contiene todas las extensiones finitas. Parte de esa extensión que
ocupa cada cuerpo»1. Esta definición nos da una idea del espacio
como algo físico, asociado a los objetos que son los elementos que lo ocupan.
El profesor Enrico Battini, de la Facultad de
Arquitectura de la Universidad de Turín, sostiene que estamos acostumbrados a
considerar el espacio como si fuera un volumen, una caja que, incluso,
podríamos llenar. Sin embargo, señala este autor, «es necesario entender el
espacio como un espacio de vida, en el cual la vida se sucede y se desenvuelve:
es un conjunto completo» (Battini, 1982, p. 24)2.
Ø El espacio escolar entendido como
ambiente de aprendizaje
Cuando
entramos por primera vez en la casa de alguien podemos descubrir muchas facetas
de su personalidad y de su modo de vida, simplemente observando cómo es el
lugar en el que vive. El estilo de muebles, la decoración, los libros y discos,
los cuadros y fotografías, los pequeños detalles que cuelgan de las paredes o
que están sobre los muebles y el suelo, en fin, todo esto nos dice mucho de la
persona, cómo es, lo que le gusta, cómo vive. A través de todo ello y de la funcionalidad
de los elementos de los cuales se rodea, podemos intuir una sensibilidad
estética, espiritual, su modo de concebir la vida. El ambiente habla aunque
nosotros permanezcamos callados.
Esto mismo puede aplicarse al ambiente escolar. Cuando
entramos en un centro educativo las paredes, el mobiliario, su distribución,
los espacios muertos, las personas, la decoración, en fin, todo nos habla del
tipo de actividades que se realizan, de la comunicación entre los alumnos de
los distintos grupos, de los intereses de alumnos y profesores, de las
relaciones con el exterior, etcétera.
Dos términos suelen ser empleados de modo
equivalente a la hora de referirse al espacio de las aulas: «espacio» y
«ambiente». Sin embargo, pensamos que podríamos establecer una diferencia entre
ellos, si bien debemos tener en cuenta que están íntimamente relacionados.
El término «espacio» se refiere al espacio
físico, es decir, a los locales para la actividad, caracterizados por los
objetos, materiales didácticos, mobiliario y decoración. Por el contrario, el
término «ambiente» se refiere al conjunto del espacio físico y a las relaciones
que en él se establecen (los afectos, las relaciones interindividuales entre
los niños, entre niños y adultos, entre niños y la sociedad en su conjunto).
De un modo más amplio podríamos definir el
ambiente como un todo indisociado de objetos, olores, formas, colores, sonidos
y personas que habitan y se relacionan en un determinado marco físico que lo
contiene todo y, al mismo tiempo, es contenido por todos estos elementos que
laten dentro de él como si tuviesen vida. Es por eso que decimos que el
ambiente «habla», nos transmite sensaciones, nos evoca recuerdos, nos da
seguridad o nos inquieta, pero nunca nos deja indiferentes.
Desde el punto de vista escolar podemos entender
el ambiente como una estructura de cuatro dimensiones claramente definidas e
interrelacionadas entre sí:
- Dimensión
física. Hace referencia al aspecto material del
ambiente. Es el espacio físico (el centro, el aula y los espacios anexos,
etc.) y sus condiciones estructurales (dimensión, tipo de suelo, ventanas,
etc.). También comprende los objetos del espacio (materiales, mobiliario,
elementos decorativos, etc.) y su organización (distintos modos de
distribución del mobiliario y los materiales dentro del espacio).
- Dimensión funcional.
Está
relacionada con el modo de utilización de los espacios, su polivalencia y
el tipo de actividad para la que están destinados. En cuanto al modo de
utilización, los espacios pueden ser usados por el niño autónomamente o
bajo la dirección del docente. La polivalencia hace referencia a las
distintas funciones que puede asumir un mismo espacio físico (por ejemplo,
la alfombra es el lugar de encuentro y comunicación durante la asamblea y
más tarde es el rincón de las construcciones). Por último, atendiendo al
tipo de actividades que los niños pueden realizar en un determinado
espacio físico, este adquiere una u otra dimensión funcional. Así,
hablamos de rincón de las construcciones, del juego simbólico, de la
música, de la biblioteca, etcétera.
- Dimensión
temporal. Está vinculada a la organización del tiempo y,
por lo tanto, a los momentos en que los espacios van a ser utilizados. El
tiempo de las distintas actividades está necesariamente ligado al espacio
en que se realiza cada una de ellas: el tiempo de jugar en los rincones,
de comunicarse con los demás en la asamblea, del cuento, el tiempo del
comedor, del recreo, del trabajo individual o en pequeños grupos, etc., o
también el tiempo de la actividad libre y autónoma y el tiempo de la
actividad planificada y dirigida. En todo caso, debemos tener presente que
la organización del espacio debe ser coherente con nuestra organización
del tiempo y a la inversa. Pero además, la dimensión temporal hace referencia
también al ritmo, vertiginoso o moderado, con que se desenvuelve la clase,
al tempo. Así, nos encontramos con clases con un tempo
alegro vivaz y otras con un tempo andante. Este
tempo, o velocidad con la que se ejecutan las distintas actividades, puede
dar lugar a un ambiente estresante o, por el contrario, relajante y
sosegado.
- Dimensión
relacional. Está referida a las distintas relaciones que
se establecen dentro del aula y tienen que ver con aspectos vinculados a
los distintos modos de acceder a los espacios (libremente o por orden del
maestro, etc.), las normas y el modo en que se establecen (impuestas por
el docente o consensuadas en el grupo), los distintos agrupamientos en
la realización de las actividades, la participación del maestro en los distintos
espacios y en las actividades que realizan los niños (sugiere, estimula,
observa, dirige, impone, no participa, etc.). Todas estas cuestiones, y
otras más, son las que configuran una determinada dimensión relacional del
ambiente del aula.
Pero el ambiente no es algo estático o
preexistente, y si bien todos los elementos que lo componen y que agrupamos en
estas cuatro dimensiones pueden existir de forma independiente, el ambiente
solo existe en la interrelación de todos ellos. Sin entidad material como el
espacio físico, la existencia del ambiente se da en la medida en que los
elementos que lo componen interactúan entre sí. Es por eso que cada persona lo
percibe de modo distinto.
Teniendo en cuenta estas cuatro
dimensiones el espacio escolar, entendido como ambiente de aprendizaje, ha de
ser considerado como un elemento curricular más, con una importante fuerza
formativa. Esto va a depender, entre otras cosas, del nivel de congruencia con
el modelo educativo en el que nos movemos: los presupuestos teóricos que
definen un determinado modelo educativo condicionan el diseño del ambiente de
aprendizaje y el sentido con que se utiliza, dando lugar a que distintos
modelos educativos configuren el ambiente de aprendizaje de modo diferente.
Así pues, esta consideración del
espacio escolar como ambiente de aprendizaje y como elemento curricular supone
la toma de decisiones en torno a cómo ordenar el espacio, cómo equiparlo y
enriquecerlo para que se convierta en un factor estimulante de la actividad,
cómo organizar el acceso de los niños a los espacios del aula y cómo
estructurar el proyecto formativo en tomo a los espacios disponibles y los
recursos incorporados a ellos.

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